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La necesidad de ser indispensable.


Se habla recientemente del cambio generacional. Que si las generaciones de hoy en día son muy diferentes a las anteriores. Que antes cualquier cuestión de disciplina era necesaria y los hijos no resentían ese castigo, a diferencia de hoy que no se puede tocar a los hijos ni con el pétalo de una rosa porque los vamos a ´traumar´. Más allá de lo que es mejor o peor cada generación tiene sus aspectos buenos y malos, cada generación afronta sus propios retos de acuerdo con las circunstancias que le toca vivir.


Sin embargo, existen cosas o situaciones que no desaparecen, como es el caso de la necesidad de los padres de dejar poco o mucho de sus enseñanzas a los hijos, es decir trascender. Ya sea porque se le enseñe a amar la música, el futbol, el amor por los animales o más trascendentemente la empatía, la compasión o alguna actividad de carácter espiritual.

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Escucho dentro de la terapia la dificultad de los padres por no permitir el vuelo de los hijos así como la incapacidad de estos de valerse por sí mismos. Yo sé, mi estimado lector pandémico, que usted dirá: “he mandado a mi hijo a Australia, a Londres o al menos al interior de la republica a vivir solo y le enseñaré qué es la independencia”, pero este caso solo habla del espejismo de la independencia. Es cierto, aprendió a tender su cama, hacer de comer, organizar sus gastos, pero la independencia emocional no la encontró.


¿A qué te refieres con este término, mi estimado Toño?


Precisamente al logro más importante de la madurez; la independencia. Para lograrla es indispensable que el padre pase a un lugar secundario en las decisiones del hijo y que éste pueda pasar a primer término y sea capaz de asumir sus decisiones.


Sin embargo, la enseñanza, al menos en la cultura latina, es que los padres siempre deben de estar con los hijos, de lo contrario no se estaría cumpliendo con uno de los objetivos más importantes que tiene un ser humano: ser padres. Pero los padres siempre vamos a estar con los hijos. No de la misma forma. Hay que enseñarlos y enseñarnos a no ser indispensables.


Es aquí donde viene el problema. Los padres se han dedicado en cuerpo y alma a los hijos. Se han olvidado de la pareja, incluso de algo ms importante: de ellos mismos. Por eso esta necesidad enorme de estar todo el tiempo y en todas las decisiones de los hijos. Estos por su parte se vuelven incapaces de decidir por ellos mismos ya que sus padres siempre estarán ahí para sacarlos del problema, generando otro fenómeno culturalmente aceptado: la dependencia.


Esto no tiene nada que ver con la falta de amor ni de los padres a los hijos ni viceversa. Es solo una manera de querer que hace perpetuas muchas conductas dependientes, como el alcoholismo, la codependencia, la falta de decisión y la incapacidad para ser competentes en los empleos. ¿Le suena? No es que uno quiera ser trágico, ni decir que todo está mal. No, para nada, de hecho la dependencia tiene cosas muy buenas como la empatía, la generosidad, el altruismo, pero también nos ha llevado a creer, sobre todo en una cultura como la mexicana, que la unión a costa del no crecimiento es la base de la sociedad, cuando lo importante es quedarse con los bueno de la dependencia y lo bueno de la independencia por decirlo de una manera coloquial.


No necesitamos pues alargar la dependencia de nuestros hijos y pensar que van a recurrir a nosotros como padres todo el tiempo, ni tampoco pensar que el rol de padres es el único rol que importa en nuestra vida. Los limites y la independencia van a hacer que nuestra vida sea más rica en experiencias porque habremos enseñado a nuestros hijos a manejar su destino a través del propio manejo de nuestro destino y haciéndonos a su vez responsables de nuestra propia vida que es lo mejor que le podemos enseñar a nuestros hijos.

¿No lo cree así?

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